Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posici?n; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y acept? entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucci?n Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las m?s grandes se?oras.
Sufría constantemente, sinti?ndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignaci?n.
La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensue?os. Pensaba en las antec?maras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas l?mparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calz?n corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos m?s íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacci?n: "¡Ah! ¡Qu? buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!", pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extra?as dentro de un bosque fant?stico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un al?n de fais?n.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y s?lo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cu?nto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compa?era de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría m?s al regresar a su casa. Días y días pasaba despu?s llorando de pena, de pesar, de desesperaci?n.
Una ma?ana el marido volvi? a su casa con expresi?n triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompi? vivamente la envoltura y sac? un pliego impreso que decía:
"El ministro de Instrucci?n Pública y se?ora ruegan al se?or y la se?ora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio."
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tir? la invitaci?n sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qu? har? yo con eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacci?n. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasi?n que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitaci?n. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Ver?s allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qu? quieres que me ponga para ir all??
No se había preocupado ?l de semejante cosa, y balbuci?:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...
Se call?, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas l?grimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmur?:
-¿Qu? te sucede? Pero ¿qu? te sucede?
Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondi? con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitaci?n a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo:
-Vamos a ver, Matilde. ¿Cu?nto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?
Ella medit? unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamaci?n de asombro del empleadillo.
Respondi?, al fin, titubeando:
-No lo s? con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideci?, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo m?s posible, ya que hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la se?ora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
-¿Qu? te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondi?:
-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Parecer?, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría m?s no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales -replic? ?l-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrar?s dos o tres rosas magníficas.
Ella no quería convencerse.
-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclam?:
-¡Qu? tonta eres! Anda a ver a tu compa?era de colegio, la se?ora de Forestier, y ru?gale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.
La mujer dej? escapar un grito de alegría.
-Tienes raz?n, no había pensado en ello.
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le cont? su apuro.
La se?ora de Forestier fue a un armario de espejo, cogi? un cofrecillo, lo sac?, lo abri? y dijo a la se?ora de Loisel:
-Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qu? quieres. No s? lo que a ti te agradaría.
De repente descubri?, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su coraz?n empez? a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con ?l su cuello, y permaneci? en ?xtasis contemplando su imagen.
Luego pregunt?, vacilante, llena de angustia:
-¿Quieres prest?rmelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abraz? y bes? a su amiga con entusiasmo, y luego escap? con su tesoro.
Lleg? el día de la fiesta. La se?ora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era m?s bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro repar? en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasi?n, inundada de alegría, no pensando ya en nada m?s que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.
Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.
Él le ech? sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extra?amente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sinti? y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:
-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Ir? a buscar un coche.
Pero ella no le oía, y baj? r?pidamente la escalera.
Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que s?lo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los llev? hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los M?rtires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quit? el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez m?s ricamente alhajada. Pero de repente dej? escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le pregunt?:
-¿Qu? tienes?
Ella se volvi? hacia ?l, acongojada.
-Tengo..., tengo... -balbuci? - que no encuentro el collar de la se?ora de Forestier.
Él se irgui?, sobrecogido:
-¿Eh?... ¿c?mo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él preguntaba:
-¿Est?s segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí, lo toqu? al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.
-Debe estar en el coche.
-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qu? número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste?
-No.
Se contemplaron aterrados. Loisel se visti? por fin.
-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y sali?. Ella permaneci? en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su marido volvi? hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los peri?dicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificaci?n por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrec?rsele alguna esperanza.
Ella le aguard? todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loisel regres? por la noche con el rostro demacrado, p?lido; no había podido averiguar nada.
-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enter?ndola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella escribi? lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco a?os, manifest?:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.
El comerciante, despu?s de consultar sus libros, respondi?:
-Se?ora, no sali? de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, record?ndola, describi?ndola, tristes y angustiosos.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareci? id?ntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regate?ndolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condici?n que les daría por ?l treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tom? mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres all?. Hizo pagar?s, adquiri? compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometi? para toda la vida, firm? sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.
Cuando la se?ora de Loisel devolvi? la joya a su amiga, ?sta le dijo un tanto displicente:
-Debiste devolv?rmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No abri? siquiera el estuche, y eso lo juzg? la otra una suerte. Si notara la sustituci?n, ¿qu? supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?
La se?ora de Loisel conoci? la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resoluci?n inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían... Despidieron a la criada, buscaron una habitaci?n m?s econ?mica, una buhardilla.
Conoci? los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Freg? los platos, desgastando sus u?itas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabon? la ropa sucia, las camisas y los pa?os, que ponía a secar en una cuerda; baj? a la calle todas las ma?anas la basura y subi? el agua, deteni?ndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condici?n, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía c?ntimo a c?ntimo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagar?s, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco c?ntimos la hoja.
Y vivieron así diez a?os.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.
La se?ora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde luci? tanto y donde fue tan festejada.
¿Cu?l sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Qui?n sabe! ¡Qui?n sabe! ¡Qu? mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qu? poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, repar? de pronto en una se?ora que pasaba con un ni?o cogido de la mano.
Era su antigua compa?era de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sinti? un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qu? no? Habí?ndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.
Se puso frente a ella y dijo:
-Buenos días, Juana.
La otra no la reconoci?, admir?ndose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbuci?:
-Pero..., ¡se?ora!.., no s?. .. Usted debe de confundirse...
-No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga lanz? un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qu? cambiada est?s! ...
-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y adem?s bastantes miserias.... todo por ti...
-¿Por mí? ¿C?mo es eso?
-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-¡Sí, pero...
-Pues bien: lo perdí...
-¡C?mo! ¡Si me lo devolviste!
-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez a?os para pagarlo. Comprender?s que representaba una fortuna para nosotros, que s?lo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La se?ora de Forestier se había detenido.
-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
-Sí. No lo habr?s notado, ¿eh? Casi eran id?nticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La se?ora de Forestier, sumamente impresionada, le cogi? ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te prest? era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos francos a lo sumo!...
Moralejas?? .. digo , si es que alguien lo leyo
saludos
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las m?s grandes se?oras.
Sufría constantemente, sinti?ndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignaci?n.
La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensue?os. Pensaba en las antec?maras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas l?mparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calz?n corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos m?s íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacci?n: "¡Ah! ¡Qu? buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!", pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extra?as dentro de un bosque fant?stico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un al?n de fais?n.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y s?lo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cu?nto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compa?era de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría m?s al regresar a su casa. Días y días pasaba despu?s llorando de pena, de pesar, de desesperaci?n.
Una ma?ana el marido volvi? a su casa con expresi?n triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompi? vivamente la envoltura y sac? un pliego impreso que decía:
"El ministro de Instrucci?n Pública y se?ora ruegan al se?or y la se?ora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio."
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tir? la invitaci?n sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qu? har? yo con eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacci?n. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasi?n que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitaci?n. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Ver?s allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qu? quieres que me ponga para ir all??
No se había preocupado ?l de semejante cosa, y balbuci?:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...
Se call?, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas l?grimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmur?:
-¿Qu? te sucede? Pero ¿qu? te sucede?
Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondi? con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitaci?n a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo:
-Vamos a ver, Matilde. ¿Cu?nto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?
Ella medit? unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamaci?n de asombro del empleadillo.
Respondi?, al fin, titubeando:
-No lo s? con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideci?, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo m?s posible, ya que hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la se?ora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
-¿Qu? te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondi?:
-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Parecer?, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría m?s no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales -replic? ?l-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrar?s dos o tres rosas magníficas.
Ella no quería convencerse.
-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclam?:
-¡Qu? tonta eres! Anda a ver a tu compa?era de colegio, la se?ora de Forestier, y ru?gale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.
La mujer dej? escapar un grito de alegría.
-Tienes raz?n, no había pensado en ello.
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le cont? su apuro.
La se?ora de Forestier fue a un armario de espejo, cogi? un cofrecillo, lo sac?, lo abri? y dijo a la se?ora de Loisel:
-Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qu? quieres. No s? lo que a ti te agradaría.
De repente descubri?, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su coraz?n empez? a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con ?l su cuello, y permaneci? en ?xtasis contemplando su imagen.
Luego pregunt?, vacilante, llena de angustia:
-¿Quieres prest?rmelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abraz? y bes? a su amiga con entusiasmo, y luego escap? con su tesoro.
Lleg? el día de la fiesta. La se?ora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era m?s bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro repar? en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasi?n, inundada de alegría, no pensando ya en nada m?s que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.
Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.
Él le ech? sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extra?amente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sinti? y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:
-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Ir? a buscar un coche.
Pero ella no le oía, y baj? r?pidamente la escalera.
Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que s?lo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los llev? hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los M?rtires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quit? el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez m?s ricamente alhajada. Pero de repente dej? escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le pregunt?:
-¿Qu? tienes?
Ella se volvi? hacia ?l, acongojada.
-Tengo..., tengo... -balbuci? - que no encuentro el collar de la se?ora de Forestier.
Él se irgui?, sobrecogido:
-¿Eh?... ¿c?mo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él preguntaba:
-¿Est?s segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí, lo toqu? al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.
-Debe estar en el coche.
-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qu? número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste?
-No.
Se contemplaron aterrados. Loisel se visti? por fin.
-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y sali?. Ella permaneci? en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su marido volvi? hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los peri?dicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificaci?n por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrec?rsele alguna esperanza.
Ella le aguard? todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loisel regres? por la noche con el rostro demacrado, p?lido; no había podido averiguar nada.
-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enter?ndola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella escribi? lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco a?os, manifest?:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.
El comerciante, despu?s de consultar sus libros, respondi?:
-Se?ora, no sali? de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, record?ndola, describi?ndola, tristes y angustiosos.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareci? id?ntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regate?ndolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condici?n que les daría por ?l treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tom? mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres all?. Hizo pagar?s, adquiri? compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometi? para toda la vida, firm? sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.
Cuando la se?ora de Loisel devolvi? la joya a su amiga, ?sta le dijo un tanto displicente:
-Debiste devolv?rmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No abri? siquiera el estuche, y eso lo juzg? la otra una suerte. Si notara la sustituci?n, ¿qu? supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?
La se?ora de Loisel conoci? la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resoluci?n inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían... Despidieron a la criada, buscaron una habitaci?n m?s econ?mica, una buhardilla.
Conoci? los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Freg? los platos, desgastando sus u?itas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabon? la ropa sucia, las camisas y los pa?os, que ponía a secar en una cuerda; baj? a la calle todas las ma?anas la basura y subi? el agua, deteni?ndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condici?n, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía c?ntimo a c?ntimo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagar?s, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco c?ntimos la hoja.
Y vivieron así diez a?os.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.
La se?ora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde luci? tanto y donde fue tan festejada.
¿Cu?l sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Qui?n sabe! ¡Qui?n sabe! ¡Qu? mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qu? poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, repar? de pronto en una se?ora que pasaba con un ni?o cogido de la mano.
Era su antigua compa?era de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sinti? un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qu? no? Habí?ndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.
Se puso frente a ella y dijo:
-Buenos días, Juana.
La otra no la reconoci?, admir?ndose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbuci?:
-Pero..., ¡se?ora!.., no s?. .. Usted debe de confundirse...
-No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga lanz? un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qu? cambiada est?s! ...
-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y adem?s bastantes miserias.... todo por ti...
-¿Por mí? ¿C?mo es eso?
-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-¡Sí, pero...
-Pues bien: lo perdí...
-¡C?mo! ¡Si me lo devolviste!
-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez a?os para pagarlo. Comprender?s que representaba una fortuna para nosotros, que s?lo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La se?ora de Forestier se había detenido.
-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
-Sí. No lo habr?s notado, ¿eh? Casi eran id?nticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La se?ora de Forestier, sumamente impresionada, le cogi? ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te prest? era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos francos a lo sumo!...
Moralejas?? .. digo , si es que alguien lo leyo
saludos

Es que si me quedo a leerlo todo me duele la espalda.
yo si lo lei bh, y mira que me cae gordisimo usar laptop, al final la conecte y me sente en el sofa, todo para leer su cuento.

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