Gabriel García M?rquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufri? una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete a?os, bonita y seria, que a?os antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de sal?n, con quien iba a reunirse aquel día despu?s de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de se?as desesperadas a los autom?viles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeci? de ella. Le advirti?, eso sí, que no iba muy lejos.
- No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un tel?fono.
Era cierto, y s?lo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvid? llevarse las llaves del autom?vil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Despu?s de secarse a medias, María se sent?, se envolvi? en la manta, y trat? de encender un cigarrillo, pero los f?sforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidi? un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedi? a las ansias de desahogarse, y su voz reson? m?s que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpi? con el índice en los labios.
- Est?n dormidas -murmur?.
María mir? por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enrosc? en el asiento y se abandon? al rumor de la lluvia. Cuando se despert? era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cu?nto tiempo había dormido ni en qu? lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
- ¿D?nde estamos? -le pregunt? María.
- Hemos llegado -contest? la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de ?rboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inm?viles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de ?rdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían im?genes de un sue?o. María, la última en descender, pens? que eran monjas. Lo pens? menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigi?ndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Despu?s de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
- ¿Habr? un tel?fono? -le pregunt? María.
- Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le pidi? a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adi?s con la mano desde el estribo, y casi le grit? "Buena suerte". El autobús arranc? sin darle tiempo de m?s.
María empez? a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trat? de detenerla con una palmada en?rgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María mir? por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indic? la fila. Obedeci?. Ya en el zagu?n del edificio se separ? del grupo y pregunt? al portero d?nde había un tel?fono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
- Por aquí, guapa, por aquí hay un tel?fono.
María sigui? con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entr? en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareci? m?s humana y de jerarquía m?s alta, recorri? la fila comparando una lista con los nombres que las reci?n llegadas tenían escritos en un cart?n cosido en el corpi?o. Cuando lleg? frente a María se sorprendi? de que no llevara su identificaci?n.
- Es que yo s?lo vine a hablar por tel?fono -le dijo María.
Le explic? a toda prisa que su autom?vil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esper?ndola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompa?arlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareci? escucharla con atenci?n.
- ¿C?mo te llamas? -le pregunt?.
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufri? una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete a?os, bonita y seria, que a?os antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de sal?n, con quien iba a reunirse aquel día despu?s de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de se?as desesperadas a los autom?viles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeci? de ella. Le advirti?, eso sí, que no iba muy lejos.
- No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un tel?fono.
Era cierto, y s?lo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvid? llevarse las llaves del autom?vil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Despu?s de secarse a medias, María se sent?, se envolvi? en la manta, y trat? de encender un cigarrillo, pero los f?sforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidi? un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedi? a las ansias de desahogarse, y su voz reson? m?s que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpi? con el índice en los labios.
- Est?n dormidas -murmur?.
María mir? por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enrosc? en el asiento y se abandon? al rumor de la lluvia. Cuando se despert? era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cu?nto tiempo había dormido ni en qu? lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
- ¿D?nde estamos? -le pregunt? María.
- Hemos llegado -contest? la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de ?rboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inm?viles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de ?rdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían im?genes de un sue?o. María, la última en descender, pens? que eran monjas. Lo pens? menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigi?ndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Despu?s de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.
- ¿Habr? un tel?fono? -le pregunt? María.
- Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le pidi? a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adi?s con la mano desde el estribo, y casi le grit? "Buena suerte". El autobús arranc? sin darle tiempo de m?s.
María empez? a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trat? de detenerla con una palmada en?rgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María mir? por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indic? la fila. Obedeci?. Ya en el zagu?n del edificio se separ? del grupo y pregunt? al portero d?nde había un tel?fono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:
- Por aquí, guapa, por aquí hay un tel?fono.
María sigui? con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entr? en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareci? m?s humana y de jerarquía m?s alta, recorri? la fila comparando una lista con los nombres que las reci?n llegadas tenían escritos en un cart?n cosido en el corpi?o. Cuando lleg? frente a María se sorprendi? de que no llevara su identificaci?n.
- Es que yo s?lo vine a hablar por tel?fono -le dijo María.
Le explic? a toda prisa que su autom?vil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esper?ndola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompa?arlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareci? escucharla con atenci?n.
- ¿C?mo te llamas? -le pregunt?.



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